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La noche de bodas
 Posted on Lunes, 21 Junio 2010 @ 7:41:59por cuentoweb
Escritos de Discordia y desamor ederarzola escribió LA NOCHE DE BODAS.


Pedro metió la llave en la cerradura, la giró y abrió la puerta. Era la habitación 301, mano izquierda, final del pasillo. La puerta se abrió lentamente, haciendo un chillido tenebroso. Era su noche de bodas. Elizabeth, su esposa, estaba de pie, junto a él. Vestía un largo vestido blanco, escotado, con algunas flores blancas sobre el pecho y un pequeño ramo de flores artificiales en su mano derecha. El chillido asustó un poco a Elizabeth y miró a ambos lados del pasillo. No vio nada ni a nadie. Solo el largo pasillo, con una especie de iluminación sombría y melancólica bañando las paredes. Una iluminación de celofán. Pedro metió la mitad del cuerpo en la habitación, intentando encontrar el interruptor de la luz con una mano. La otra la mantenía ocupada una botella de tequila de cortesía. Palpó arriba y abajo. No halló nada.
Luego regresó con Elizabeth.

-¿Vamos a entrar o no?- le preguntó Elizabeth- ¿O es que vas a querer que nos quedemos en pleno pasillo?
-No, como crees. Pero es que no encuentro el chingado apagador.
-Bueno, porque no entramos y lo buscamos desde adentro los dos. Me siento como una tonta aquí, parada en medio del pasillo- dijo extendiendo un brazo hacia su marido para abrirse paso.

Pedro vio el anillo de oro en uno de los dedos que Elizabeth extendía contra él. Entonces comprendió que acababa de casarse. Tomó con ambas manos su brazo y la atrajo hacia sí.

-¿Qué pasa, amor? ¿Por qué no me dejas entrar?
-Creo que se nos olvida algo.
-¿Qué?

Con no poca dificultad, Pedro tomó a Elizabeth y a la botella de tequila entre sus brazos y entró tambaleante, tratando de evitar que ambas cosas cayeran o golpearan contra algo. La situación le pareció cómica. La cosa no fue fácil a pesar de había una especie de semioscuridad. Cuando sus rodillas toparon con algo suave, sintió que había encontrado la cama, y sin medir consecuencias ni pensarlo dos veces, soltó el cuerpo de su mujer. El cuerpo rebotó varias veces como un fardo soso e inútil. Luego cerró la puerta y volvió a palpar las paredes intentando hallar el interruptor.

-¡Vaya,-dijo Elizabeth- pensé que nos íbamos a pasar toda la noche a oscuras! Jijiji.
-Ya ves que no.- contestó Pedro- Pero no gracias a ti.
-No te enojes, mi amor, era solo una pequeña broma.
-Ya sabes que no me gustan ese tipo de bromas.
-Uy, mi amor, ¡ya cásate!
-¿Y qué crees que acabo de hacer? ¿Mi primera comunión?

Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Mientras Elizabeth se dirigía al cuarto de baño, escuchó a Pedro silbando la marcha nupcial. Parecía relajado y eso la tranquilizó. También escuchó el repiqueteo de vasos de cristal chocando entre sí. Cuando salió, lo encontró allí, en medio de la habitación, con la luz reflejándose en su incipiente calvicie, la camisa abierta por el cuello y las mangas remangadas.

-Siéntate, te serví algo de beber.
-Oye mi amor, ya sabes que yo no…
-Siéntate, que ya está servido.

Pedro caminó hacia ella y le pasó la bebida. Luego se sentó junto a ella.

-Hace calor ¿verdad?- dijo Pedro- Llamaré para que enciendan el aire acondicionado.

Se levantó de la cama y cogió el teléfono. Marcó el número que estaba sobre el pequeño mueble de madera. Elizabeth tomó un trago de su bebida. Estaba un poco fuerte, pero sabía bien.

-Bueno, diga… -dijo una voz gangosa.
-Oiga, ¿qué pasa allá abajo? ¿Por qué chingados no encienden el pinche aire acondicionado? ¿Es que no hemos pagado por la habitación? ¿Acaso quiere que terminemos como unos chingados pollos rostizados?
-Disculpe, señor. Debe ser un error –dijo voz gangosa. En un minuto lo encendemos.
-Más le vale,- respondió Pedro- sino quiere terminar con los huevos pendiendo de las orejas.

Voz gangosa no respondió. Pedro dejó el teléfono y volvió a sentarse junto a su flamante esposa. La miró un par de segundos y pensó en manteles y en una pila de relucientes platos limpios. También le pareció atractiva.

-Llevas un vestido muy bonito, eh nena.
-¿Te gusta?
-Oh, sí. Me fascina. Quisiera desgarrarlo por la mitad.

Elizabeth no dijo nada. Pedro tampoco. Simplemente se quedaron allí sentados bebiéndose sus tequilas.

Pasaron cinco minutos.

¿Porqué no dice nada? pensó Elizabeth. Se supone que él debería iniciar la conversación.

Pedro levantó su vaso y se bebió el último trago de su tequila.

-¿Quieres que te sirva otro tequila, amor?
-Oh, no. Ya sabes que yo no bebo.
-Deja que te sirva otro, amor… no te va a pasar nada. Además necesitamos beber para soltarnos para lo que viene.

¿Para lo que viene? pensó Elizabeth.

-Está bien. Pero solo uno. Si no me voy a marear y no me vas a querer aquí toda borracha.

Pedro se levantó y sirvió los tragos. Esta vez no canturreó. Luego regresó, le dio su vaso a Elizabeth y se sentó aún más cerca.

La bebida esta vez era más fuerte.

-Salud -dijo Pedro.
-Salud –dijo Elizabeth.
-Por toda una vida juntos –dijo Pedro.
-Por toda una vida juntos –dijo Elizabeth.

Ambos cruzaron sus vasos y se bebieron hasta la última gota de su tequila, al unísono. Después, Elizabeth posó su vaso en el suelo. Pedro también.

-Oye Eli, ¿y por qué te casaste conmigo?
-Obvio, por amor –contestó Eli-¿Y tú?
-Por lo mismo. Supongo.
-¿Supones? ¿Es que no estás seguro?
-Claro que lo estoy. De lo que no estoy seguro es del amor. Si en verdad existe.
-Si no estás seguro de que existe, ¿entonces por qué te casaste?
-Bueno, uno se casa por muchos motivos aparte del amor ¿no? Compañía, Seguridad, Sexo. No lo sé. Mira, no sé si esto que sentimos ahora podrá durar toda la vida. Hay muchos psicólogos que dicen que el enamoramiento dura como máximo dos años. Después de eso, hay que remar contra corriente.
-¿Remar? Lo dices como si fuese una carga, una molestia. Yo me casé contigo porqué pensé que íbamos a pasar toda la vida juntos. Y ahora me sales con esto, ¡y en plena luna de miel!

Elizabeth dobló el cuerpo y se dejó caer sobre una almohada. Lloraba. Sus chillidos eran sordos y por momentos intermitentes. Tenía un brazo debajo del pecho y el otro cubriéndole los ojos.

-Mi amor, no llores. No soporto ver a una mujer llorando. Lo que dije fue solo el efecto del alcohol. Si tú sabes que yo te amo, pequeña. Nunca haría nada para lastimarte.

Poco a poco Elizabeth fue recobrándose. Sus sollozos eran cada vez más espaciados. Parecía como si intentara jalar aire por la nariz y no lo lograra.

-Ok, mi amor. Ven con papi… -le dijo mientras la atraía hacia su regazo. Luego la rodeó con sus brazos y le dio un beso sobre la cabeza y sobre el pelo. Pasaron así unos minutos, y cuando Elizabeth separó la cabeza de su pecho un momento, le secó las lágrimas con un dedo.
-¿Estás bien? –le preguntó Pedro.
-Sí, ya estoy mejor.

Pasaron diez minutos. Tras ese lapso, la tensión casi había desaparecido completamente. Ahora la situación parecía un poco ridícula. Pedro seguía sentado al lado de su esposa tratando de consolarla. Ella tenía la cabeza echada de lado sobre el pecho de su marido. Sentía correr su respiración sobre la camisa de él. Tenía los ojos cerrados y pensaba constantemente que aquello debía ser el matrimonio. Que aquello significaba ser feliz.

Seguramente había un solo hombre así en el mundo.

Cuando Pedro sintió que Elizabeth estaba ya tranquila, tomó la parte superior de su vestido con firmeza, y tiró de él hacia abajo. No llevaba sostén. Las tetas de Elizabeth continuaron bamboleándose de arriba abajo todavía un buen rato después de la maniobra. Entonces Pedro comenzó a chuparlas como un maniático. Parecía poseído. Atacaba los pezones salvajemente; los chupaba, los mordía, los succionaba. Pasaba la lengua alrededor de ellos y con la otra mano apachurraba la teta que quedaba libre. Todo lo hacía de forma sucia, desquiciada. Elizabeth, simplemente le dejaba hacer. Luego le dijo:

-Así… siéntate. Abre bien esas piernas y quiero que me enseñes tu cosita… ¡bien¡… quiero que me la exhibas completamente. Quiero que vea que yo también la veo.

Elizabeth no sabía qué hacer. Sencillamente estaba allí, sentada, con las piernas totalmente abiertas y la panocha expuesta a los libidinosos ojos de su marido. Ella los veía. Parecía que se salían de sus orbitas y estaban llenos de pequeñas cuarteaduras rojas. Por su parte, Pedro pensaba que aquello era lo mínimo que su mujer podía hacer por él.

Así que regresaba una y otra vez por más tragos.
Elizabeth notó que cada vez su marido arrastraba más las palabras y que su rostro cada vez se descomponía más. Era como si con cada trago, su rostro se contrajera irreversiblemente, hasta parecer la fofa cara de un sapo croando. Ella también se sentía mareada. No era bebedora, y además, las bebidas habían estado bien servidas.

Se levantó y caminó con dificultad hacia la terraza. Pedro la miró indiferente. Cuando llegó, se apoyó en la barandilla y observó el horizonte. Oyó el rumor del mar en la oscuridad. A lo lejos el agua reflejaba tímidamente la luz de la luna. Eli pensó en lo bello que era. En lo bello que era aquello y en lo absurdo que era todo lo demás. Luego rompió a llorar.

En la habitación, Pedro sorbía el último trago de la botella. La luz artificial le parecía mejor que la de la luna. El aire acondicionado le parecía mejor que la brisa del mar. Miró hacia afuera y vio a Elizabeth, tirada, tiritando y con los brazos cubriéndole los ojos.

-Mi amor, ¿Qué te pasa?

La tomó entre sus brazos y la llevó adentro. La recostó sobre la cama, pero Elizabeth no dejaba de llorar. Esta vez el llanto era histérico. Cada vez que pensaba que se había calmado, un nuevo ataque llegaba. De súbito cayó en la cuenta:

Esta vieja está peda, pensó.

Se escucharon golpes en la puerta.

-¡Abra la puerta! Queremos ver qué sucede allí dentro.
-No es nada, mi mujer se torció una pierna en una maniobra y ahora le duele mucho. Pero no se preocupen, se le pasará.
-¡Abra! solo queremos verificar que no suceda nada malo allí dentro. Entienda, es parte de la rutina.

Pedro abrió la puerta. Un hombre bajo de chaqueta roja, gordo y con los orificios de las narices más grandes que jamás haya visto en su vida apareció ante él. A su lado estaba un tipo alto y flaco y con cara de incesto.

Cuando habló el hombre de los orificios de las narices reconoció su voz. Era voz gangosa.

-Solo queremos decirle que no tiene de que preocuparse –dijo voz gangosa- Nosotros estamos aquí para ayudarle. Entendemos que estas cosas pasan, especialmente el último día.
-Ok, está bien –dijo-. Pueden irse.
-Ok –dijo el que tenía cara de incesto- Solamente queremos que no haya más ruidos. Procure hacer todo en silencio –dijo mientras salían.

Ni siquiera se molestaron en verla, pensó Pedro.

Luego volvió junto a Elizabeth que seguía llorando. Trató de levantarla, le acarició la espalda, pero Elizabeth no reaccionaba. Por un momento pensó en que si no la calmaba, podrían venir de nuevo aquellos tipos. Entonces, la levantó como pudo y comenzó a zarandearla un poco por los hombros. Aquello no funcionó. Nuevas lágrimas, nuevos gritos salieron de aquella débil mujer. Luego, en un arrebato de desesperación, Pedro Ramírez le dio un par de sonoras bofetadas a su esposa. Su mano estaba enrojecida al igual que la cara de Eli. Sintió ardor.

Elizabeth se recostó bocabajo, temblando, sin acertar la manera de sacar tanto llanto. Estaba como ida. Se escucharon nuevos golpes en la puerta. Esta vez junto a voz gangosa y cara de incesto había un hombre de bata blanca.

-Le advertimos que no queríamos más “escandalitos” de esos -dijo cara de incesto-. Ahora nos va tener usted que acompañar.
-Pero si yo no he hecho nada. Es mi esposa, que no logra dormir con semejante dolor.
-Mire, no nos chupamos el dedo, señor Ramírez. Tendrá que acompañarnos por las buenas o por las malas- dijo voz gangosa.

El hombre de la bata blanca se había inclinado sobre Elizabeth y le examinaba la cara con una pequeña lámpara de mano.

-Está mujer ha sido golpeada – dijo.
-Yo lo único que quería es que se calmara –dijo Pedro- Le pegué para tranquilizarla. No me digan que ustedes no tienen esposas. Ya saben cómo son las mujeres. Todo lo exageran.
-El maltrato hacia la mujer está tipificado como delito- dijo cara de incesto- Va a pasar usted mucho tiempo en el bote.
-Vamos- dijo voz gangosa.

Salieron los cuatro de la habitación. El último en salir fue el hombre con bata blanca, quién apagó las luces. Elizabeth roncaba, tranquilamente, a pierna suelta. Siempre había soñado con una boda única.

 
La noche de bodas |Enviado Por: ederarzola | Discordia | Poemas de amor en Cuento Web

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Alek >  Saludos Andie..
chiquitta3 >  teniaa ratoo sin entrarrr espero esten biennn!!!! besos
sole__07 >  holaaaaa
Andie >  Saludos
jeremy2001x >  saludos a todos los romanticos /cas
elpoeta07 >  hola como estan
elpoeta07 >  les dejo mi msn phantom_21mav@hotmail.com



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